Hace diez años
Hoy hace diez años, en este mismo lugar, un grupo numeroso de pobladores de esta zona ensangrentada de nuestro país firmó la Declaración pública que la constituía como Comunidad de Paz.
Hacia su pasado se proyectaban varias décadas de sufrimiento marcado por políticas represivas que quisieron castigar con saña las preferencias políticas de los labriegos asentados en estas montañas, quienes se adhirieron siempre a los movimientos que ofrecían participación y desarrollo desde la base y que con-templaban antídotos esperanzadores a la corrupción reinante en nuestro país y a las formas más despiadadas de violencia institucional.
El contexto que rodeó la decisión de hace 10 años fue el de la criminal “Opera-ción Génesis” diseñada por el ejército oficial y que inundó de sangre y de ig-nominia los territorios de Urabá y del Bajo Atrato.
En los anaqueles empolvados de múltiples instituciones del Estado quedó el último informe de la Comisión Interinstitucional que recorrió los campos de Apartadó y de Turbo entre agosto y septiembre de 1996 y que registró con horror el perverso maridaje entre la fuerza pública y el paramilitarismo a cuya responsabilidad atribuyó numerosos crímenes y el ambiente reinante de terror, que afectó incluso a los comisionados quienes se vieron obligados a concluir su misión con el registro de la masacre del 7 de septiembre de 1996 acompañando su informe con las fotografías de los cadáveres inmersos en charcos de sangre. Al mismo tiempo, en la memoria de los pobladores de San José quedó grabado el comentario que un soldado le hiciera al General Rito Alejo Del Río, ejecutor de la “Operación Génesis”, al regresar de una rápida inspección al humilde ce-menterio de este poblado: “General, ese cementerio es muy pequeño; allí no nos van a caber tantos muertos”.
La ceremonia del 23 de marzo de 1997 fue un acto atrevido de esperanza. Luego de varios meses de reuniones y encuentros en los que los pobladores confronta-ban su situación desesperada donde las formas de resistencia a la pretensión de todos los actores armados de involucrarlos forzadamente en la guerra parecían inútiles, con normas y principios del Derecho Internacional que reconocían y protegían sus derechos como población civil, decidieron hacer un acto audaz de fe en el derecho y en la legalidad. Creyeron que enarbolando normas y princi-pios que el Estado colombiano se había comprometido solemnemente a respetar ante el conjunto de las naciones, podrían crear un ámbito de protección a la vi-da y a la dignidad humana en medio de la jungla deshumanizada de la guerra.
Nadie pudo imaginarse, sin embargo, que el Estado podría responder de una manera tan bárbara y despiadada a un clamor humanitario tan justo y elemen-tal. Solo 4 días después de haber firmado la Declaración pública de la Comuni-dad de Paz, los bombardeos y operativos conjuntos de militares y paramilitares en la mayoría de las veredas de San José de Apartadó, seguidos de desplaza-mientos masivos y acompañados de un terror generalizado, mostraron la ver-dadera cara del Estado colombiano.
Dos dinámicas opuestas se trenzaron desde entonces para construir la historia trágica de esta década que hoy estamos concluyendo y entregando al veredicto de la Historia: la dinámica de una resistencia heroica de los pobladores de esta zona y la dinámica de la estrategia criminal del Estado que desconoció y pisoteó todos sus principios constitucionales y desafió sin pudor alguno a la misma comunidad internacional, a las Naciones Unidas, a la Comisión y a la Corte In-teramericanas de Derechos Humanos, a comunidades y gobiernos locales de varios países de Europa y Norteamérica que decidieron hermanarse con las víc-timas en gestos que la historia registrará en los anales de la solidaridad huma-na, que se ha definido como “la ternura de los pueblos”.
Muchos de los que firmaron la Declaración de hace 10 años ya no están física-mente con nosotros. Decenas de ellos rubricaron con su sangre su voluntad de defender los valores por los cuales habían optado y hoy nos acompañan con la fuerza de su su vida resistente e insobornable que nunca muere y que más bien se agiganta y valoriza a medida que avanza esta conmovedora historia, sin que la muerte pueda hundirlos jamás en la impotencia, como lo pretendieron sus victimarios. Muchos otros se vieron forzados a desplazarse luego de angustio-sos discernimientos en los que se confrontaban su afán por la supervivencia y su compromiso con un proceso y unos ideales que demandaban cada vez más costosos heroismos.
En momentos como éste, en que las hojas de nuestros calendarios marcan pau-sas obligadas de miradas retrospectivas para discernir el sentido de nuestro caminar por la historia, es imposible no apreciar los nubarrones que han teñido el cuadro de esta década con dolor y muerte, con odio y crueldad, con injusticia y crimen, que, a no dudarlo, la historia sabrá enjuiciar implacablemente. Pero también es imposible no apreciar las luces que se han ido abriendo paso entre las tinieblas, a veces tímidamente, a veces con fuerza heroica en medio de la ignominia: una comunidad que quiere romper con dependencias inhumanas de opresión y explotación; que busca gobernarse a sí misma en la transparencia de decisiones consensuadas en una democracia que se afirma desde su base; que construye economía solidaria; que pone al descubierto la podredumbre de lo que se ha llamado “justicia” y se niega a seguirla legitimando con sus falsos ropajes; que es capaz de privarse de las comodidades más elementales y aban-donar sus construcciones comunitarias más costosas por negarse a convivir con sus victimarios impunes; que no entrega al olvido a sus víctimas sino que las vivifica constantemente en la memoria y en la búsqueda de una auténtica justi-cia.
Si al conmemorar estos diez años tenemos el deber imperativo de denunciar la criminalidad de un Estado que ha querido ahogar en sangre este legítimo y hermoso proyecto de Comunidad de Paz, también tenemos el deber de celebrar la vida y la solidaridad que se han abierto paso en medio de la tragedia con va-lor heroico.
Agradecemos profundamente a quienes hoy nos acompañan venidos de lejanas tierras, desde donde han seguido paso a paso, en estos diez años, esta historia de luces y de sombras, y a través de ellos a cuantos nos acompañan desde lejos con el corazón emocionado y con la convicción de que a través de la solidaridad con los que sufren y con quienes enfrentan valientemente la fuerza destructiva del poder, se construye paso a paso ese otro mundo posible que alimenta nuestrs sueños más hermosos de humanidad.



